¿No os pasa que cada vez más gente parece haber encontrado la clave definitiva de todo? El secreto del éxito, la clave para hacerse rico, el mejor entrenamiento, la mejor dieta, la mejor forma de leer, el funnel de venta perfecto… No importa el tema, siempre hay alguien dispuesto a venderte el secreto que cambiará tu vida.

Bootcamps que prometen convertirte en un experto en 3 meses, infoproductos que aseguran que te cambiarán la vida para siempre… Todo se magnifica cada vez más, porque cada vez es más difícil competir y en un mundo donde la atención está cada vez más dispersa, ya no importa tanto tener razón, como la ilusión de parecerlo.

Y eso no se consigue con pruebas, datos, ni largas explicaciones; ni por supuesto con evidencias empíricas, demostrables y reproducibles. Se consigue con espectáculo, con una buena narrativa que transforme ideas vagas en certezas absolutas, con el carisma necesario para que la gente quiera creer más allá de la lógica. Es el triunfo del envoltorio sobre el contenido, de la imagen sobre la sustancia. Y lo peor es que, en muchos casos, funciona.

Vivimos en una época donde el trabajo se ha transformado en espectáculo. Si antes la productividad, la calidad, la eficacia y la eficiencia eran (entre otras cosas) la clave del éxito, ahora lo es la capacidad de captar la atención. Y en un mundo hiperconectado, la manera más rápida de hacerlo es simplificar, exagerar y, si hace falta, adornarlo todo con un toque místico. Y con una autoridad abrumadora.

Porque la gente no quiere matices ni procesos largos, no quiere dudas ni reflexiones sobre la certeza; quiere soluciones inmediatas y relatos emocionantes. La pastilla mágica que lo cura todo. La receta del éxito. Y ahí es donde triunfan las pseudociencias, las fórmulas mágicas y los expertos exprés en cualquier disciplina.

¿Que el ayuno intermitente puede tener ciertos beneficios? Genial, pero mejor venderlo como el elixir de la longevidad. ¿Que el yoga puede mejorar la flexibilidad y reducir el estrés? Perfecto, pero mucho mejor si te prometen que te alineará con el universo y desbloqueará tu energía ancestral. Todo sirve, siempre que se convierta en una historia que enganche y, sobre todo, que venda.

Porque esa es la clave: vender. Ya no se trata de aportar conocimiento real o soluciones efectivas, sino de encontrar tu nicho, fidelizar a tu audiencia y monetizar cualquier concepto medianamente atractivo. ¿Que los científicos te llevan la contraria? Mejor, así puedes vender tu idea como una verdad oculta que “el sistema” no quiere que sepas. Al final, da igual que sea nutrición, desarrollo personal o física cuántica: si logras contar la historia adecuada, siempre habrá alguien dispuesto a comprártela.

Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo hemos pasado de un modelo de trabajo basado en la productividad y la aportación de valor tangible a un sistema donde lo que importa es captar la atención y sostenerla el mayor tiempo posible?

El trabajo, entendido como la forma de ganarse la vida, ha ido transformándose poco a poco, y en mi opinión no va a hacer más que seguir en esta dirección, y aumentando la velocidad. Si hace unas décadas el grueso de la población trabajaba en sectores productivos, hoy en día vemos cómo el empleo se ha ido desplazando hacia la generación de contenido, la monetización de la identidad y la construcción de audiencias.

Cada vez menos gente fabrica cosas, pero cada vez más personas venden su imagen, su conocimiento (o su falta de él), su estilo de vida o, simplemente, su capacidad para atraer miradas. Antes tenías que hacer algo útil para la sociedad para ganarte la vida, ahora basta con ser visible. Con entretener. No importa si lo que ofreces tiene valor o no; si logras que la gente te mire, has ganado media partida.

Y este proceso no va a parar. La automatización, la digitalización y la eficiencia extrema en sectores productivos hacen que, cada vez más, sea menos necesario el trabajo tradicional. Y en una sociedad donde el dinero sigue siendo el eje central del sistema, si cada vez hay menos necesidad de trabajos productivos, la única alternativa es inventarse otros.

La pregunta es: ¿hasta dónde vamos a llegar? Si seguimos avanzando en esta dirección, podríamos enfrentarnos a varios problemas importantes. La precarización del trabajo puede aumentar, con más personas atrapadas en un modelo de ingresos inestable y basado en la popularidad momentánea. La línea entre la información de calidad y la desinformación se difuminará aún más, erosionando la confianza en el conocimiento experto y fomentando una cultura de superficialidad. Además, la competencia por la atención continuará polarizando la sociedad, premiando lo llamativo sobre lo útil, lo impactante sobre lo riguroso. La viralidad por encima de la verdad. La cultura del meme.

¿Hay espacio para triunfar haciendo las cosas bien? ¿O estamos condenados a caer en estas dinámicas, aunque no nos gusten, porque simplemente son demasiado potentes para competir contra ellas? Al final del día, todos tenemos que comer, queremos comprarnos un piso, formar una familia y poder pagar la factura de la luz. Si la única manera de lograrlo es abrazar estas reglas, ¿realmente podemos permitirnos ignorarlas?

Ojalá tener respuestas claras para alguna de estas preguntas, pero no. Quizá sea cosa de la edad, de mi curiosidad enfermiza o de mi pasión por intentar entenderme a mí mismo y el mundo en el que vivo. Quizá simplemente sea mi visión utópica y naif de que un mundo mejor es posible, pero nadie está intentando construirlo.

Como siempre, no pretendo tener razón. No escribo para eso. Tampoco para llamar la atención. Es más un desahogo, un intento de profundizar en las cosas que se me pasan por la cabeza para evitar caer en la complacencia de asumir que las cosas son como son y que no hay nada que podamos hacer para cambiarlas. Un berrinche cognitivo; una pataleta intelectual.

Quizá todo esto no sea más que una lucha contra una inercia que observo con escepticismo y poca esperanza desde la distancia. Un intento de encontrar grietas en un sistema que parece diseñado para premiar lo superficial y castigar lo auténtico. Una forma de recordarme a mí mismo que, aunque todo apunte en la dirección contraria, todavía queda espacio para hacer las cosas de otra manera. Quizá no sea más que mi propio sesgo de confirmación luchando con lo que no me gusta.

Si, una vez más, termino esta reflexión de barra de bar con más preguntas que respuestas. Probablemente me equivoque. O no, pero creo que ante la incertidumbre, esa debería ser la proporción adecuada.