Quiero empezar comentando que esta reflexión está inspirada por un post de mi colega Jesús Serrano en Linkedin. Mientras muchos hablan de inteligencia artificial desde la teoría, Jesús ha llevado la tecnología al mundo real, demostrando lo que significa liderar herramientas con propósito. Ha desarrollado un videojuego retro utilizando diferentes herramientas de IA, uniendo creatividad y técnica de manera brillante. Un genio que nos recuerda que el verdadero valor de la inteligencia artificial no está en las máquinas, sino en quienes saben sacar lo mejor de ellas. Os recomiendo echarle un vistazo antes de continuar. No es obligatorio para entender el texto, pero es muy interesante escuchar, de primera mano, sus aprendizajes durante el proceso. ¡Gracias amigo!

Hace diez años escribí sobre cómo habíamos pasado de un modelo de aprendices y maestros a otro de jefes y empleados. Reflexionaba sobre cómo, en el modelo maestro-aprendiz, el conocimiento fluía de forma directa. El maestro era un experto que no solo guiaba al aprendiz, sino que conocía cada detalle de su trabajo. Pero la industrialización lo cambió todo. Los jefes dejaron de ser expertos en el oficio que supervisaban y pasaron a centrarse en la gestión. A menudo no entendían del todo lo que hacían sus empleados, pero confiaban en que lo ejecutaran correctamente.

Hoy, con la irrupción de la inteligencia artificial, es posible que nos enfrentemos a otra transformación de igual o incluso mayor tamaño. En las empresas actuales, la relación maestro-aprendiz ha quedado atrás. Los roles se han especializado y fragmentado tanto que los jefes a menudo no entienden el trabajo de sus empleados, y los empleados no tienen contacto con las responsabilidades de sus superiores. Hemos separado tanto las funciones que la cadena de conocimiento, esa que permitía un flujo natural de aprendizaje, se ha roto.

En este contexto, se habla mucho de cómo la IA reemplazará ciertas tareas, permitiendo prescindir de personal. Pero hay una pregunta que pocos están haciendo: ¿cómo vas a liderar a una herramienta que puede hacer el trabajo de tus empleados si tú no entiendes ese trabajo? Un jefe de producto, por ejemplo, podría tener a su disposición una IA capaz de desarrollar un SaaS o una API en cuestión de minutos, pero si no sabe cómo formular las instrucciones correctas, esa capacidad queda inservible. Este es el verdadero desafío: no basta con tener acceso a la mejor tecnología, hay que saber muy bien cómo utilizarla.

Porque liderar a una IA no es lo mismo que liderar a una persona. La IA no intuye, no añade contexto, no ajusta las órdenes sobre la marcha. Hará exactamente lo que se le pida con una literalidad implacable. Esto exige una nueva forma de liderazgo, basada en la claridad, la precisión y la capacidad de anticipar resultados. En un mundo donde todos tienen acceso al mismo “empleado perfecto”, la diferencia ya no estará en las herramientas, sino en cómo las utilizamos.

Si algo he aprendido en los últimos años es que la comunicación, en cualquier ámbito, es un arte subestimado. Nos enseñan a hacer cálculos complejos, a memorizar fechas históricas y hasta a programar, pero nadie nos entrena para expresar nuestras ideas con claridad y precisión. Y ahora, cuando nuestro nuevo “empleado estrella” es incapaz de llenar los vacíos por su cuenta, la importancia de estas habilidades se vuelve abrumadoramente evidente.

En el pasado, cuando trabajábamos con personas, podíamos confiarnos un poco. Sabíamos que nuestra compañera de siempre entendería ese matiz que dejamos implícito. Que el equipo captaría el contexto y ajustaría las cosas sobre la marcha. Era un baile imperfecto, pero que más o menos funcionaba porque los humanos somos expertos en navegar la ambigüedad.

La IA, en cambio, no baila. Sigue el guion que le des, punto por punto, sin improvisar. Si olvidas incluir un detalle crucial, no lo añadirá por ti. Si le pides algo que no tiene sentido, te lo devolverá tal cual, sin cuestionar. Es una herramienta poderosa, sí, pero demasiado literal. Y eso nos obligará a cambiar nuestra forma de trabajar, de pensar y, sobre todo, de cómo nos tendremos que comunicar a la hora de definir tareas.

Esto nos lleva a una serie de preguntas que no podemos evitar plantearnos: ¿qué pasa cuando una herramienta tan poderosa como la IA está al alcance de todos? Si todos tenemos el mismo empleado perfecto, ¿en qué se diferenciará el trabajo de unos y otros? Y, sobre todo, ¿estamos preparados para liderar a un equipo donde el único integrante es incapaz de pensar por su cuenta?

La respuesta, me temo, no es sencilla. Porque liderar no es solo dar órdenes claras; es también entender qué pedir, por qué pedirlo y qué impacto tendrá el resultado (entendiendo aquí liderar como ser el jefe, que sé que no es lo mismo, pero ese es otro melón que no voy a abrir ahora). Es anticiparse a los problemas, imaginar los escenarios posibles y ser capaz de ajustarse cuando las cosas no salen como esperabas. ¿Cuántos de nosotros podemos decir que tenemos estas habilidades?

El reto no es menor. Vivimos en un mundo donde la rapidez y la eficiencia son lo que prima. Donde la paciencia escasea y la tentación de culpar a la herramienta por nuestros propios fallos está a la vuelta de la esquina. Pero aquí no hay excusas. Si la IA no da el resultado esperado, el error no está en la máquina. Está en cómo la dirigimos.

Quizá este sea el mayor cambio que nos trae la inteligencia artificial: no solo automatiza tareas, también nos obliga a mirarnos al espejo y cuestionarnos nuestras propias capacidades. ¿Sabemos comunicarnos? ¿Sabemos definir objetivos? ¿Sabemos evaluar el impacto de lo que pedimos? En resumen: ¿sabemos liderar?

Y aquí está la verdadera ironía: cuanto más avanza la tecnología, más nos obliga a ser humanos. A pensar mejor, a comunicarnos mejor, a liderar mejor. No porque queramos, sino porque no nos quedará otra opción. Quizá tenga un poco que ver con el santuario humano del que habla en esta charla TED el amigo Recuenco.

La inteligencia artificial no nos hará mejores ni peores por sí sola, pero nos pondrá a prueba. Nos enfrentará a nuestras propias limitaciones y nos recordará, con cada interacción, que tener las mejores herramientas no sirve de nada si no sabemos utilizarlas. En este nuevo paradigma, el valor ya no estará en lo que hacemos, sino en cómo lo imaginamos, cómo lo hacemos y cómo lo dirigimos.