Hay una frase que utilizo mucho en conversaciones sobre el mundo laboral: “todos, absolutamente todos los empleados de una empresa son igual de importantes o de necesarios; lo que diferencia a unos de otros es lo fácil o difícil que resultan de sustituir”. Y cuando digo todos es todos, desde el CEO hasta el personal de limpieza. Y sí, soy consciente de que hay casos, relativamente aislados, en los que su ausencia no cambiaría nada; pero no creo que sean estadísticamente significativos.

Y esta idea, que aplica tan bien al entorno laboral, también puede extenderse al funcionamiento de la vida en general. Al igual que una empresa necesita perfiles diferentes para poder prosperar, la evolución ha apostado por un modelo basado en la variabilidad como estrategia para enfrentarse a lo desconocido.

Pensemos en un equipo de trabajo. Tener varios empleados con habilidades promedio suele garantizar estabilidad y continuidad en el día a día. Son el equivalente al centro de la campana de Gauss: abundantes, funcionales y adaptables a la mayoría de las situaciones normales del día a día. Pero ¿qué ocurre cuando llega un problema completamente nuevo? ¿O cuando se necesita una solución fuera de lo común? Ahí es donde entran en juego los extremos.

Puede ser ese programador que domina un lenguaje raro pero crítico para un momento determinado del proyecto. O esa diseñadora que, aunque suele tener ideas locas y no siempre funcionales, en ocasiones esas mismas ideas son tan creativas que se convierten en el alma de una campaña que nadie sabía por dónde coger. Personas que quizá no sean fáciles de clasificar o de gestionar, pero cuya presencia aporta un margen de maniobra que, en los momentos clave, pueden marcar la diferencia.

Y si lo pensamos bien, la vida no es tan diferente. La naturaleza también ha construido su propio sistema de redundancias y excepciones. Las distribuciones normales no solo explican nuestras características físicas o intelectuales, sino que también revelan un patrón oculto de preparación para lo improbable. Lo más frecuente suele funcionar para la mayoría de los días, pero cuando llega la tormenta, son los extremos los que, en no pocas ocasiones, terminan salvando el barco.

Y sí, a veces el barco se hunde. La vida es así, y creo que eso también es necesario, pero ese es un melón que no voy a abrir hoy. Sigamos.

Al final, lo que nos prepara para lo inesperado no es la uniformidad, sino la capacidad de adaptarnos, de probar cosas distintas y de depender, cuando haga falta, de lo raro, lo diferente, lo extraordinario.

Piénsalo. Cuando un equipo de fútbol está perdiendo y queda poco tiempo, el entrenador suele recurrir a un jugador diferente. Alguien que no siempre encaja en el esquema habitual, pero que puede cambiar el partido en un instante. “Esa es la función de los extremos en cualquier sistema: ser la excepción que resuelve lo excepcional”.

Echando la vista atrás, recuerdo que cuando trabajaba en consultoría siempre decía entre risas (y a veces no tantas risas) que mi trabajo era más parecido a ser bombero que consultor, ya que siempre iba por ahí apagando fuegos; siempre me tocaban proyectos con problemas. Proyectos que no habían empezado bien, que iban con mucho retraso o que simplemente se habían complicado más de la cuenta.

Años después me di cuenta de que justo era en ese tipo de proyectos donde más valor podía aportar. Que, aunque en ocasiones deseaba poder empezar yo algún proyecto desde cero para evitar que aparecieran esos problemas, al final también había proyectos que empezaban sin mí y que salían bien. Obvio.

Sin embargo, yo era muy bueno arreglando los que no. Y no todo el mundo vale para eso. A veces nos cuesta aceptar que, aunque seamos buenos en algo, no es eso lo que nos hace especiales. “Lo que nos hace especiales es ser buenos en algo que, además, está fuera de la media”. Y por pura probabilidad, no serán muchos los que puedan afrontar esas situaciones con ciertas garantías de éxito.

Soy consciente de que esto puede desprender un cierto tufillo eugenésico, así que voy a hacer un par de aclaraciones antes de continuar. Ser excepcional en algo no te hace mejor que los demás. Los extremos pueden salvar el barco cuando todo se tambalea, pero también pueden ser los primeros en hacerlo zozobrar en tiempos de calma. Sin estabilidad, sin ese centro de la campana que mantiene las cosas funcionando en el día a día, no habría barco que salvar. El equilibrio es lo que hace que todo funcione. No hay perfiles superiores, solo roles diferentes que brillan en momentos distintos.

Hablando de esto es difícil no acordarse de “El elemento” de Sir Ken Robinson. Esa idea de que todos tenemos un lugar donde nuestras habilidades y pasiones se encuentran y florecen. Comparto muchas de sus reflexiones, aunque no todas. Porque, si bien es cierto que encontrar ese lugar puede ser liberador y hasta transformador, también es fácil malinterpretar el mensaje y pensar que solo quienes descubren y explotan ese “elemento” son valiosos. Nada más lejos de lo que quiero transmitir aquí.

La variabilidad no es una carrera por encontrar la élite ni por filtrar a los mejores. Tampoco es un intento de jerarquizar el valor de las personas. Si algo he intentado dejar claro desde el principio de este texto es que “todos somos necesarios, pero no todos para lo mismo, o no todos en el mismo momento.” Y eso está bien. Lo difícil, como siempre, es acertar el qué, el quién, el cuándo…

Vivimos en un mundo incierto. Un mundo donde no siempre sabemos qué va a pasar ni qué se va a necesitar. Pero, lejos de ser un problema, esa incertidumbre es lo que nos ha permitido llegar hasta aquí. “La vida apostó por la diversidad porque sabía que no podía predecir el futuro”. Y esa apuesta ha funcionado. No solo nos ha dado estabilidad, sino también herramientas para afrontar lo inesperado.

No hay un perfil mejor que otro si hablamos en términos generales. Si bajamos a los detalles, por mucho que a veces escueza, sí. La vida es un sistema donde lo predecible mantiene el ritmo y lo excepcional responde a lo inesperado. Un sistema donde cada pieza, desde la más común hasta la más rara, tiene un papel que cumplir. El problema es querer ser una pieza distinta a la que somos, o pretender que una pieza normal solucione una situación excepcional, o viceversa (lo excepcional no suele ser útil en situaciones de normalidad).

Aceptar la incertidumbre no es rendirse al caos. Es reconocer que el mundo no está diseñado para darnos certezas, pero sí para darnos opciones. Y, en mi humilde opinión, es una estrategia bastante acertada.

Llegados a este punto alguien podría pensar que estoy hablando de altas capacidades. Si. También podría pensar que estoy hablando de IA. También. Al menos para lectores que sepan leer entre líneas. Quizá porque nunca me ha gustado ser demasiado explicito. Quizá porque son los dos temas que han ocupado más tiempo en mi cabeza en este último año (ya hablaré más sobre todo esto en el futuro, ahora no es el momento) y no puedo evitar que de una u otra forma aparezcan en mis pensamientos.

Un año que probablemente recuerde como otro punto de inflexión en mi vida. Uno de tantos. Un año en el que he hecho un par de Máster (uno de IA y otro de CPS o Resolución de Problemas Complejos, algo muy relacionado con las altas capacidades). Y también he sido aceptado en Mensa (asociación de personas con alto cociente intelectual).

Un año que sin duda ha roto una inercia con la que estaba cómodo, pero no satisfecho. Un año que me ha devuelto las ganas de jugar, de volver a exponerme y de volver a mirar al mundo laboral con otros ojos. No ha sido un año de cambios, pero si precursor de los mismos. Cambios que sucederán en el futuro. Futuro que no sé dónde terminará, pero que sin duda alguna será muy diferente. Ya os iré contando, pero os adelanto que tendrá que ver con la formación y la consultoría estratégica (aunque no me guste nada ese nombre).

Pido perdón porque no sé cómo he terminado aquí. En mi cabeza todo esto tiene relación, pero sé que no es una relación evidente. No para la mayoría. Bueno, si ya me conoces no te sorprenderá demasiado. Si no me conoces y aun así has seguido leyendo hasta aquí… simplemente gracias! Siempre me voy un poco por las ramas. A veces, no demasiadas, acabo saltando de árbol. Solo puedo decir una cosa: volverá a pasar :)