Cuando las respuestas dejan de importar
En un mundo donde cualquier dato está al alcance de un clic, la clave ya no es saber responder, sino aprender a preguntar
Nos educaron para responder, no para preguntar. Para encontrar soluciones, no para cuestionar los problemas. Nos entrenaron con ecuaciones, definiciones y fechas, pero no nos enseñaron a formular las preguntas adecuadas.
Vamos a empezar esta pequeña reflexión con un ejemplo muy básico que escuché hace muchos años y que se me quedó grabado en la memoria para siempre (siento que no me suceda lo mismo con los nombres de los autores para poder citarlos, soy un poco desastre con las referencias).
Imaginemos por un momento una clase llena de niños, y un profesor leyendo en voz alta la pregunta que acaba de escribir en la pizarra: “¿cuánto es 4+4?”. La gran mayoría de los niños responderán sin dudar. Si, 8, no hay truco. Pero entonces, ¿qué valor tiene esta pregunta? Y no, no estoy diciendo que aprender a sumar no sea importante. No nos adelantemos.
Imaginemos ahora el mismo escenario, pero con una pregunta diferente: “¿cuántas formas podríais decirme para obtener un 8?”. Incluso si limitáramos la pregunta solo al ámbito de la suma, el número de respuestas sería mucho mayor; y para responder a esta pregunta no solo necesitamos saber cómo sumar, sino que además podemos pensar. Tomar decisiones. Y lo mejor de todo, aprender en nuestras propias carnes que rara vez existe una forma única de hacer las cosas.
Me imagino a los niños gritando: “¡4 + 4! ¡7 + 1! ¡5 + 3! ¡6 + 2! ¡8 + 0!”. “Profe, ya no hay más… ¿podemos restar?” Bueno, quizá mi imaginación sea un poco fantástica de más, pero creo sinceramente que, al abrir las posibilidades, abrimos también una puerta a la curiosidad. ¡Y la curiosidad mola! Y lleva siglos guiando nuestros aprendizajes y descubrimientos (y si, también llevándose por delante algún que otro gatete en el proceso, nadie dijo que la vida fuera fácil).
Un pequeño inciso antes de continuar. Suelo dejar reposar un par de días las cosas que escribo para volver a leerlas antes de compartirlas, y estoy añadiendo este párrafo justo durante esa lectura. Porque me he dado cuenta de que al escribir primero la pregunta “¿cuánto es 4+4?”, ya estaba condicionando las respuestas de la siguiente pregunta “¿cuántas formas podríais decirme para obtener un 8?”. Si os fijáis, todas mis respuestas imaginarias buscan obtener un 8 sumando 2 números, pero no hay ninguna regla que así lo indique en la pregunta. Podría ser 1+1+6, 2+2+2+2… Así de manipulable es nuestro querido cerebro. No he podido evitar sonreír al descubrirlo, y me ha parecido apropiado añadirlo a esta reflexión. ¡Sigamos!
Volvamos a la realidad. Durante siglos, el conocimiento fue un privilegio, un territorio exclusivo de quienes tenían acceso a la educación, a los libros, a las bibliotecas cerradas. Saber cosas te diferenciaba. Te daba ventaja. Tener respuestas era tener el poder. Pero hoy el conocimiento está al alcance de cualquiera que tenga conexión a internet y un mínimo de curiosidad. No hay pregunta que Google, Wikipedia o una IA generativa como ChatGPT no puedan responder en cuestión de segundos.
Si las respuestas están disponibles para todo el mundo, lo único que realmente marcará la diferencia, será saber hacer las preguntas correctas.
No importa cuántas respuestas tengas al alcance de la mano si nunca has aprendido a preguntar bien. Porque la utilidad del conocimiento no está en lo que sabes, sino en lo que sabes hacer con lo que sabes. La IA puede darte soluciones a casi cualquier problema, pero sigue sin ser capaz de preguntarse si ese problema es realmente el que importa. Sí, otra vez la IA. Os prometo que no era mi intención, pero es que a medida que iba escribiendo no dejaba de aparecer en mi cabeza…
La diferencia entre una persona y otra ya no estará en el volumen de datos que pueda almacenar su cerebro, sino en la forma en la que conecta, organiza y navega ese conocimiento. En la capacidad de moverse entre las conexiones invisibles, de buscar ángulos que otros no ven, de plantear preguntas que abren puertas en vez de cerrarlas.
Nos enfrentamos a un mundo donde la creatividad y el pensamiento crítico importarán más que nunca. Un mundo donde la IA resolverá los problemas rutinarios en pocos segundos, pero donde solo los humanos podrán decidir cuáles son los problemas que vale la pena resolver.
Y esto no solo cambia la educación, lo cambia todo. En el trabajo, en la investigación, en la toma de decisiones estratégicas. La clave ya no está en memorizar respuestas, sino en aprender a construir preguntas que nos lleven a mejores respuestas.
Hace tiempo escuché otra frase que también se me quedó grabada a fuego en el cerebro: “Si quieres saber qué tan inteligente es alguien, no le hagas una pregunta; pídele que te haga una a ti”. Me pareció brillante. Porque una pregunta puede revelar mucha más información sobre una persona que cualquier respuesta mecánica.
Vivimos en un mundo de preguntas cerradas, y eso solo puede producir respuestas limitadas. Pero si aprendemos a formular preguntas abiertas, desafiantes, profundas, las respuestas se multiplicarán en órdenes de magnitud.
Y tampoco hace falta ponernos tan grandilocuentes. También podemos llevarnos esto a nuestro día a día. Simplemente, la próxima vez que planifiques un viaje, no te limites a preguntarte cuál es la ruta más rápida. ¿Qué tipo de viaje quiero hacer? Quizá acabes eligiendo una ruta más bonita, o una que te lleve por sitios que todavía no conoces. Empiezo a divagar así que es hora de ir cerrando esta pequeña reflexión.
El conocimiento ha sido y seguirá siendo importante. No se trata de despreciarlo. Pero creo que a partir de ahora ya no será lo que nos diferencie. No en un mundo donde la IA avanza a pasos de gigante y donde la información se ha convertido en un bien de consumo masivo. Si todos tienen acceso a las mismas respuestas, la diferencia ya no está en lo que sabes, sino en lo que te atreves a preguntar.
Dejo una última frase, a modo de reflexión final, que se atribuye a Benedetti aunque he buscado un poco y parece que no hay una fuente definitiva que confirme la autoría: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas”