Vaya por delante que lo que voy a escribir a continuación es, como casi siempre, una pequeña reflexión sin más investigación que mi propia observación y experiencia de vida. Asumo que estará llena de sesgos y creo que tú, querido lector, deberías saberlo. No es más que mi opinión. ¡Al lío!

No es la primera vez que aparecen en mi cabeza comparaciones entre el mundo analógico y el digital. Supongo que es inevitable cuando has vivido en ambos. Quizá sea cosa de la edad (46 años dan para eso y para alguna que otra cana) o simplemente una consecuencia natural de haber crecido en un mundo donde el contacto social todavía dependía de estar físicamente presente.

Recuerdo algunas discusiones, bastante intensas, que solían darse en la sobremesa de alguna comida familiar o en la barra de un bar. A veces con un café delante, otras con un orujo en la mano. Siempre había algún tema polémico que terminaba en voces alzadas y argumentos cruzados. Pero, por mucho que se calentara la cosa, al final había abrazos, alguna broma para rebajar la tensión y un “anda, echa otra ronda” que lo arreglaba todo.

Bueno, no siempre se arreglaba tan fácil, pero creo que se entiende el mensaje. Porque, al final, conocías a la persona que tenías delante. Sabías quién era de verdad, más allá de esa opinión que te sacaba de quicio.

Pero las cosas han cambiado. Ahora muchas de esas conversaciones ya no ocurren en torno a una mesa ni se arreglan con un abrazo. Ahora debatimos a través de pantallas. Intercambiamos mensajes rápidos, comentarios cortos y, en el peor de los casos, directamente insultos sin más.

El problema es que ya no discutimos con personas. Discutimos con personajes. Con frases sacadas de contexto, con perfiles que no conocemos y que probablemente no volveremos a ver. Y eso cambia por completo las reglas del juego.

Cuando conoces a alguien en persona, su opinión sobre política o cualquier otro tema es solo una parte de quién es. Pero en internet esa opinión lo es todo. No hay matices. No hay historia compartida. No hay “te conozco desde hace años y sé que eres buena gente aunque hoy me estés sacando de mis casillas”.

Y aquí es donde quería llegar. Empiezo a pensar que parte del problema de polarización que vivimos hoy tiene mucho que ver con esta desconexión entre nuestras relaciones personales y el mundo analógico. La proximidad física nos obligaba a entendernos, a encontrar puntos en común. El mundo digital, en cambio, nos permite aislarnos en burbujas donde todos piensan como nosotros. Y, cuando alguien sale de esa burbuja, saltamos.

Y no solo saltamos. Nos atrincheramos. Porque, al final, internet no solo ha cambiado cómo nos comunicamos, sino también cómo nos posicionamos. Antes, los desacuerdos eran momentos incómodos pero necesarios. Formaban parte de esa convivencia inevitable entre personas que, por muy diferentes que fueran, compartían un espacio común.

Hoy, en cambio, las diferencias nos separan más que nunca. Ya no necesitamos compartir espacios. Nos rodeamos de gente que piensa como nosotros, que valida nuestras ideas y refuerza nuestras creencias. Y cuanto más tiempo pasamos dentro de estas burbujas, más nos cuesta empatizar con quienes están fuera.

Y esto no es casualidad. El diseño mismo de las redes sociales está pensado para premiar lo que más llama la atención, lo que genera más interacción. Y pocas cosas llaman tanto la atención como el conflicto. Lo que antes se quedaba en una conversación acalorada pero puntual, ahora se amplifica, se comparte y se viraliza.

Lo curioso es que, al hacerlo, deshumanizamos a quien está al otro lado. De ser personas pasamos a ser etiquetas. A ser “los de izquierdas” o “los de derechas”. “Los progres” o “los conservadores”. Los veganos, los carnívoros, los antivacunas, los pro-ciencia… Da igual el grupo. Lo importante es simplificar y dividir.

Y claro, simplificar tiene un coste. Porque cuando reduces a alguien a una etiqueta, te permites juzgarlo por esa única dimensión. Lo que en la vida real podría ser un desacuerdo entre amigos, en el mundo digital se convierte en una guerra entre enemigos.

El problema es que, cuando el desacuerdo se convierte en guerra, todos perdemos algo.

Perdemos la capacidad de escuchar, porque ya no estamos buscando entender. Estamos esperando nuestro turno para responder. Perdemos la empatía, porque dejamos de ver personas y solo vemos bandos. Y, lo más importante, perdemos matices.

Y los matices son lo que sostiene el mundo real. Son lo que nos permite convivir, colaborar y avanzar. Son esa pausa entre un argumento y otro donde bajamos la guardia y nos damos cuenta de que, quizá, el otro tiene algo de razón.

Pero los matices no funcionan bien en internet. No generan likes. No se viralizan. Son demasiado largos, demasiado complejos, demasiado aburridos. En un mundo donde todo compite por captar nuestra atención en segundos, los matices no tienen espacio.

Y eso nos lleva a simplificar. A etiquetar. A dividir.

Quizá por eso echo de menos las sobremesas en las que las discusiones terminaban en risas y abrazos. No porque fueran perfectas (también tenían sus problemas) sino porque nos recordaban algo básico: que es posible estar en desacuerdo y seguir respetándonos. Que podemos discutir sin destruir.

Pero no podemos volver atrás. No creo que tenga sentido romantizar el pasado o pensar que las sobremesas y las charlas de bar eran siempre mejores. No creo eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero sí creo que podemos, y debemos, aprender algo de ese pasado.

Podemos aprender a no dejar que una diferencia de opinión nos haga olvidar que, al otro lado, sigue habiendo una persona. Podemos recordar que los desacuerdos no tienen por qué ser trincheras. Que, a veces, sirven para aprender algo nuevo, para ajustar nuestras ideas o, al menos, para entender mejor por qué pensamos como pensamos. Y porque los demás piensan como piensan. Al menos intentarlo.

El mundo digital nos ha dado muchas cosas buenas como el acceso inmediato a la información, la posibilidad de conectar con personas de cualquier parte del mundo, y hasta la capacidad de escribir y compartir reflexiones como esta. Pero también nos ha quitado otras.

Nos ha quitado esa pausa. Ese momento después de una discusión en el que alguien pide otra ronda y las cosas vuelven a su sitio.

Y, aunque no siempre podamos replicar ese ambiente en internet, sí podemos intentarlo. Podemos elegir cómo reaccionamos, qué compartimos y, sobre todo, cómo tratamos a los demás.

Porque, al final, las herramientas cambian, pero seguimos siendo humanos. Y, en un mundo donde todo parece diseñado para dividirnos, quizá lo más revolucionario que podamos hacer sea intentar entendernos.