Llevo unos días dándole vueltas a una idea incómoda, sobre todo porque choca de frente con los ideales de una época que ha convertido la perseverancia en una virtud casi mágica que todo lo puede: insistir no siempre es una señal de fortaleza.

A veces sí. A veces insistir es disciplina. A veces es coraje. A veces es justo lo que separa el abandono prematuro de darle a algo el tiempo que necesitaba para madurar. Pero otras veces insistir es una forma bastante sofisticada de no mirar a la realidad a la cara.

Y lo interesante es que esto no aparece solo en las grandes decisiones dramáticas. Aparece en cosas muy normales: en proyectos que ya no van a ninguna parte, en relaciones que sobreviven más por inercia que por vitalidad, en estrategias que siguen recibiendo tiempo y energía porque reconocer que están agotadas duele más que seguir alimentándolas un poco más.

Antes de continuar quería comentar un poco mis propios sesgos: aunque esta reflexión surgió inicialmente de una situación personal, como en mi opinión no tenemos un cerebro para el trabajo y otro para la vida personal, al final me la he llevado a los dos mundos, personal y profesional.

Cambian los escenarios, cambian los costes y cambian las historias con las que justificamos lo que hacemos. Pero el animal es el mismo. El mecanismo que te hace defender un producto zombi porque un martes subió una métrica concreta es bastante primo del que te hace interpretar un fin de semana bueno como prueba de que una relación ya rota “todavía puede remontar”.

Y no quiero decir con esto que no haya que luchar y darlo todo. En ocasiones merece la pena, claro. ¡Mucho! Lo realmente difícil es saber cuándo sí, cuándo no, y toda la escala de grises que hay siempre en medio.

No sé cómo he conectado estas tres cosas, y quizá solo tengan sentido para mí, pero durante las próximas líneas voy a intentar explicar la conexión que veo entre la indefensión aprendida, la percepción de control y esa versión menos glamurosa de la resiliencia que casi nunca se cuenta, porque encaja fatal con el género de la frase inspiracional.

Dos experimentos viejos que siguen diciendo cosas muy actuales

1) Seligman: cuando el organismo aprende que actuar no cambia nada

En los años 60, Martin Seligman y Steven Maier diseñaron uno de los experimentos más incómodos y más citados de la psicología. Colocaban a unos perros en un arnés de restricción para mantenerlos sujetos mientras recibían descargas molestas (aunque inofensivas) en las patas traseras. Además de ver cómo reaccionaban al malestar, lo más importante era comprobar qué ocurría cuando el animal podía hacer algo para detenerlo… y qué ocurría cuando no.

Trabajaron con tres grupos. Unos no pasaban por esa fase previa (eran colocados en el arnés pero no recibían descargas, el grupo de control). Otros sí recibían descargas, pero podían interrumpirlas empujando con el hocico un panel. Y un tercer grupo recibía exactamente las mismas descargas que el segundo (misma intensidad, misma duración) con una diferencia decisiva: hicieran lo que hicieran, no podían pararlas.

Más tarde, en una segunda fase del experimento, colocaban a los perros en una caja de escape muy simple separada por una barrera baja. Y bastaba con saltar esa barrera para dejar de recibir descargas. Los perros que antes habían tenido algún control sobre las descargas (los que sí podían interrumpirlas con sus acciones) aprendían rápido y saltaban la barrera. El grupo de control (los perros que no habían recibido descargas) también aprendió a saltar la barrera sin dificultad. Sin embargo, muchos de los que habían pasado por la condición incontrolable se quedaban quietos, gemían y soportaban la situación como si no hubiera opción de evitarla.

Esto último es lo que a día de hoy se conoce como indefensión aprendida, y es lo perturbador del experimento. El problema ya no era físico. El salto estaba a su alcance. Lo que se había roto era la expectativa de que su conducta sirviera para algo. Se había roto su circuito de motivación-recompensa (años después, el propio Maier demostró que las descargas ineludibles provocaban un bloqueo dopaminérgico y detenían la activación de la corteza prefrontal que inhibía la respuesta de pánico/parálisis). Habían aprendido la idea de que entre lo que haces y lo que te pasa puede no haber ninguna relación útil.

Simplificando y llevándolo a un lenguaje más coloquial, a veces no hacemos nada simplemente porque hemos aprendido que nuestros actos no tienen repercusión alguna en nuestros resultados. Y eso puede ser un gran error. Porque una cosa es encontrarte con un límite real, y otra bastante peor es dejar de explorar porque tu experiencia reciente te ha enseñado que explorar no merece la pena.

Con esto último me vienen a la cabeza varios de los sesgos de mi querido tocayo Kahneman (ley de los pequeños números, WYSIATI “What You See Is All There Is”, sesgo de la vivencia reciente y quizá incluso la regla del pico final), pero me vais a permitir que me detenga aquí y sigamos adelante antes de que se me vaya de las manos. Vamos con el segundo experimento.

2) Richter: lo que cambia cuando aparece una expectativa de alivio

El otro experimento que suele entrar en esta conversación es el de Curt Richter con ratas en cilindros de agua de paredes lisas. No podían salir, no podían agarrarse a ningún borde y no tenían un punto claro de apoyo.

Aquí conviene hacer una pausa, porque este estudio se ha contado mil veces en formato fábula motivacional y eso suele deformarlo. Aun así, el núcleo sigue siendo sugerente si se trata con cuidado. Es más, yo mismo recuerdo esta historia de forma diferente. La primera vez que la escuché fue en boca de Rafaela Santos, presidenta del Instituto Español de Resiliencia (aunque no recuerdo si fue en una charla suya o en su libro Levantarse y luchar), y recuerdo que ella contaba que la forma de rescatar a las ratas antes del agotamiento (y la consecuente rendición) era ofrecerles una ramita por la que podían salir caminando por su propio pie. Más adelante tendrá sentido esta aclaración.

En la condición básica, los animales nadaban hasta agotarse. En otra condición, algunas ratas eran sacadas del agua justo antes de rendirse, secadas brevemente, se les permitía descansar lo suficiente, y luego eran devueltas al cilindro. Lo llamativo es que, tras esa experiencia previa de rescate, su tiempo de resistencia aumentaba de forma muy marcada (de minutos a horas, si no recuerdo mal).

La lectura más conocida del experimento es esta: la expectativa de alivio o de rescate cambia de manera radical la respuesta del organismo. Y, aunque probablemente sea cierto, no me interesa quedarme con esa lectura de que “la esperanza lo puede todo”, entre otras cosas porque extrapolar directamente desde ese paradigma experimental a la vida humana sería tramposo. Pero sí deja una intuición útil encima de la mesa.

A veces la diferencia entre claudicar pronto y resistir muchísimo no depende solo de la energía disponible, sino también de si el organismo percibe que todavía existe alguna vía de salida, ayuda o influencia posible.

Entre Seligman y Richter aparece, por tanto, un eje común: cuando el organismo aprende que su acción no cambia nada, se apaga. Cuando percibe que todavía hay algún margen de agencia, aguanta bastante más.

Y a partir de aquí es donde la cosa se pone interesante de verdad.

El punto delicado no es el control real, sino el control percibido

Con el tiempo, la psicología y la neurociencia han ido convergiendo en algo que, una vez lo lees, parece casi obvio: la percepción de control modula mucho nuestra respuesta al estrés.

En el trabajo posterior de Maier y Seligman, la pasividad ya no aparece como una rareza exótica, sino casi al revés: ante un estresor incontrolable, el sistema tiende bastante por defecto al bloqueo o a la retirada. Lo que cambia el juego es la experiencia de control, o al menos la expectativa de que la propia acción puede modificar algo. Ahí entran en juego circuitos de la corteza prefrontal que ayudan a inhibir la respuesta automática de derrota.

Luego está toda la literatura sobre ilusión de control. Ellen Langer lo formuló hace décadas con bastante claridad: en contextos ambiguos, los humanos tendemos a sobreestimar nuestra capacidad de influencia. Más tarde, Taylor y Brown añadieron una capa incómoda pero importante: ciertas ilusiones positivas moderadas no siempre funcionan como un simple error; a veces actúan como amortiguadores psicológicos bastante útiles.

Dicho sin tanto tecnicismo: el cerebro no trabaja solo con hechos, lo hace también con modelos de probabilidad. Si cree que hay margen de maniobra, organiza la conducta de una manera. Si concluye que haga lo que haga nada va a cambiar, la organiza de otra muy distinta.

Esto ayuda a entender dos cosas que pueden parecer contradictorias, aunque quizá no lo sean tanto: por qué la sensación de agencia puede protegernos de la pasividad y la desesperanza, y por qué esa misma necesidad de sentir agencia puede empujarnos a insistir demasiado tiempo en escenarios que ya no responden a nuestras acciones.

La resiliencia tiene una versión sana y una versión delirante

Se habla muchísimo de resiliencia, pero a menudo en modo eslogan. Como si resistir fuera bueno por definición. Como si seguir empujando siempre tuviera una superioridad moral sobre soltar. Como si abandonar a tiempo fuera una forma menor de carácter. Y aunque seas consciente de todo esto no siempre puedes evitarlo. Si ahora mismo estoy escribiendo esto es, precisamente, porque acabo de pasar por un episodio en el que me he visto a mí mismo como víctima de esos sesgos de los que tanto me gusta hablar. Por suerte, cuando me doy cuenta y me permito observarme a mí mismo desde fuera, siempre termino por no comprar del todo esa narrativa.

La resiliencia útil no consiste en aguantar mucho. Consiste en seguir invirtiendo energía cuando todavía existe una relación razonable entre esfuerzo y posibilidad. Sí, ya lo sé, decir “relación razonable” se aleja mucho de los trucos y recetas mágicas que nos venden los absolutismos actuales de las redes sociales y medios de comunicación. Y sí, a mí también me jode a veces. Pero así es la vida, o al menos así la veo yo. Llena de grises.

Hay situaciones en las que merece la pena perseverar: cuando todavía hay aprendizaje, margen de ajuste, señales mixtas pero honestas, opciones reales de iterar o una probabilidad no garantizada pero sí plausible de que la situación mejore. Y hay otras en las que el vínculo entre tu acción y la realidad ya se ha roto, pero tú sigues comportándote como si no.

Si tuviera que condensarlo en una sola frase, probablemente sería esta:

La diferencia entre resiliencia e insistencia patológica no está en la cantidad de esfuerzo, valor o coraje, sino en la calidad del criterio para analizar el vínculo entre tus acciones y la realidad.

Y una vez más, no pienso abrir el debate sobre lo que es real y lo que no. Ya va a salir un post demasiado largo sin abrir más melones, y todavía queda mucha plancha. Autoengaño, calienta que sales.

Cómo nos engañamos para no soltar

Dejemos que entren en juego un par de mecanismos más, que son bastante humanos: el sesgo de confirmación y la escalada de compromiso. El primero hace algo muy simple: de todo lo que está ocurriendo, selecciona justo lo que permite mantener viva la historia que más te conviene. El segundo añade presión: como ya has invertido tiempo, dinero, reputación, energía o años de vida, retirarte deja de sentirse como una decisión estratégica y empieza a sentirse como una confesión humillante.

Y aquí aparecen las famosas ramitas de las que hablaba cuando introducía el experimento de Richter con las ratas y los cilindros de agua, y que aunque no sucediera exactamente así (por lo que he podido investigar a posteriori parece ser que no era tan romántico), a mí me ha servido para que esta historia se quedara grabada en mi cabeza durante muchos años sin ningún esfuerzo. Bienvenidas sean las metáforas que, sin pretensión de manipular la realidad, nos ayudan a recordar las cosas que nos importan.

Hablemos de esas pequeñas ramitas mentales a las que nos agarramos porque necesitamos que signifiquen algo. En un proyecto puede ser un pico aislado de tráfico, un cliente especialmente entusiasta o una reunión prometedora que nos devuelve la sensación de que, con un poco más de tiempo, todo podría girar. En una relación puede ser una conversación especialmente buena, una semana sin conflicto o un gesto tierno que durante unas horas reordena retrospectivamente meses de desgaste. No hace falta que esas señales sean falsas para que resulten engañosas. Basta con sacarlas de contexto.

Y como además ya hemos invertido mucho, cualquier dato favorable se convierte en combustible narrativo para seguir. No porque sea evidencia suficiente, sino porque psicológicamente sale más barato seguir que revisar la hipótesis de fondo.

Eso conecta muy bien con lo que en economía conductual se estudió como falacia de coste hundido y escalada de compromiso: seguir metiendo recursos en algo no porque las perspectivas actuales lo justifiquen, sino porque las pérdidas pasadas vuelven insoportable parar. Muchas veces no seguimos porque creamos de verdad que va a salir bien. Seguimos porque no sabemos quién seríamos si admitiéramos que no va a salir bien. Y eso ya no va solo de análisis. Va de identidad.

El problema cultural: hemos moralizado demasiado el hecho de aguantar

Otra cosa que complica todo esto es que culturalmente hemos mezclado categorías que no son la misma cosa. Hemos decidido que resistir es siempre señal de inteligencia y soltar siempre una forma de cobardía, cuando la realidad es bastante menos cómoda: a veces resistir es exactamente lo inteligente, y a veces es solo la manera más presentable de no decidir. Lo mismo con retirarse. Hay repliegues que son puro miedo y otros que son la decisión más valiente que esa persona va a tomar en años, aunque desde fuera nadie vaya a aplaudirla.

Autoras como Annie Duke llevan tiempo insistiendo en esto desde el ángulo de la toma de decisiones: saber dejar algo a tiempo no es falta de carácter, sino una habilidad infravalorada. En psicología se ha estudiado con el nombre de goal disengagement, la capacidad de desengancharse de metas inviables para reasignar recursos a otras que sí lo son. En otras palabras, a veces la conducta más madura no es apretar más, sino dejar de empujar una puerta que claramente abre hacia dentro.

Lo curioso es que esto nos cuesta muchísimo porque las historias socialmente admiradas casi siempre son historias de resistencia. El relato heroico tiene muy buena prensa. El relato de “cerré a tiempo, asumí pérdidas y me fui antes de empeorar las cosas” suele sonar bastante menos sexy, aunque muchas veces sea más inteligente. Nadie hace películas sobre el que se bajó del barco con elegancia dos años antes del naufragio. Y sin embargo ahí, en esa decisión sin épica, suele haber más criterio que en muchos libros de motivación.

Entonces, ¿cómo distinguir una mala racha de una vía muerta?

No creo que exista una fórmula simple, ni un método infalible, ni un test de tres pasos que te dé la respuesta. Y, la verdad, desconfío bastante de quien lo venda así. Pero sí creo que hay preguntas útiles. No para eliminar la incertidumbre, sino para no entregársela entera al autoengaño.

La primera, y para mí la más reveladora, es qué evidencia me haría cambiar de opinión de verdad. Si la respuesta honesta es “ninguna”, malas noticias: ya no estoy evaluando nada, estoy defendiendo una identidad. La segunda es si lo que interpreto como progreso es una mejora estructural o solo una de esas ramitas sacadas de contexto de las que hablábamos antes, una fluctuación puntual a la que necesito darle significado. La tercera es un clásico de la toma de decisiones que nunca falla: si hoy tuviera que decidir desde cero, con la información que tengo ahora y sin nada invertido, ¿volvería a entrar aquí? Y la última, la más incómoda de todas: qué parte de mi insistencia responde a datos y qué parte responde a que me da pánico asumir las pérdidas.

Os aseguro que ninguna de estas preguntas es agradable de responder. Yo me las hago de vez en cuando (no siempre todas y no siempre en el mismo orden) y hay días que prefiero no escuchar mis propias respuestas. Pero suelen separar bastante bien la resiliencia calibrada de la simple incapacidad para soltar.

Hora de ir cerrando, que la plancha nunca se acaba pero hay que ir guardando la ropa en el armario

La indefensión aprendida es trágica porque puede inmovilizarnos incluso cuando sí hay salida. La perseverancia patológica tiene otro tipo de peligro: como por fuera se parece bastante al coraje, pasa más desapercibida. A veces, incluso, recibe aplausos. El problema es que por dentro va consumiendo recursos en una realidad que ya no responde, y además pagando el precio del coste de oportunidad.

Por eso me interesa tanto esta intersección entre psicología experimental, sesgos cognitivos y decisiones cotidianas. Porque ahí aparece algo muy humano: necesitamos sentir que influimos en lo que nos pasa, y esa necesidad puede salvarnos de la rendición prematura o empujarnos a sostener ficciones demasiado tiempo.

Supongo que la vida no consiste en elegir entre dos consignas igual de pobres: “no te rindas nunca” o “acepta cuanto antes que no controlas nada”. El blanco, el negro, y mis queridos grises otra vez. La vida, más bien, consiste en desarrollar criterio para detectar si todavía existe una relación viva entre lo que haces y lo que esperas que ocurra. Si existe, persevera. Si no existe, quizá lo valiente no sea seguir nadando.

Quizá lo valiente sea admitir, sin demasiada épica, que la ramita era imaginaria. Que ese clavo ardiendo al que te agarrabas lo habías forjado tú en tu propia cabeza. Una cabeza diseñada para sobrevivir y huir del dolor en la medida de lo posible, y no tanto para tener razón ni para elegir la mejor opción a medio/largo plazo.

Y sí, a veces hay que quemarse, no queda otra. Hagas lo que hagas en ocasiones acertarás, y en otras la cagarás. Y toca asumirlo y seguir, eso sí, intentando cuando menos haber aprendido un poco de cada una de esas cosas. Me viene a la cabeza una última frase cuyo origen, como siempre, no recuerdo bien. Era algo así: “En la vida pasarás por momentos muy buenos y por momentos muy malos. Lo importante es no detenerse demasiado en ninguno de ellos”.

Si has llegado hasta aquí, dado el tamaño del post que me ha salido esta vez, gracias. Si quieres que hablemos de cualquiera de las cosas que acabo de escribir, aquí me tienes. Aunque esta vez no sé si invitarte a un café será suficiente. Quizá haga falta añadir un puro y una copa porque será una sobremesa larga. Pero sin duda, y estoy muy seguro de esto, también será interesante y enriquecedora. Solo hace falta que seamos honestos. Aunque nos equivoquemos.